miércoles, 27 de mayo de 2020

Ellas (Relato)







    Esa tarde vino a contarme otras historias. Se sentó muy cerca de mí y quedó por un rato en silencio. Parecía meditar, como si diese algún tipo de orden a su relato. Me contó de algunas brujas vulgares que llevan la noche metida debajo de sus faldas. Al imaginarme aquello, no pude evitar sonreír. Entonces se detuvo y me miró seriamente. Luego prosiguió con la historia. 

    Ellas; me dijo, siempre llevan todo lo oscuro, las muecas y las burlas junto a sus arrugas. Llevan los gritos de los que ya no están, las sonrisas perdidas de los melancólicos. Ciertamente se dedican a coleccionar los dolores de muchos desahuciados, y los propios, son ventanas que flotan en sus pupilas. Ellas cargan un sol triste, casi apagado en el centro de un corazón inmóvil, profundamente negro. Sobre los hombros descansan sueños ajenos, y guardan en frascos partidos inocencias robadas. En las noches de sus rituales, leen en las plantas de sus pies los relatos del verdugo, miran los caminos más alejados, escuchan las oraciones de quienes escapan y sienten los miedos del perseguido. Los años de la infancia cuelgan en collares en forma de muñecas mutiladas. Yo una vez las vi rodeando el árbol oculto, riendo como niñas, mirando el cielo como enamoradas...

    Yo me mantenía en silencio escuchando e imaginando todo lo que me contaba. Noté que miraba sus manos como si leyese en ellas todo lo que me iba diciendo. Le pregunté si algún día podría dibujarlas a ellas. Me respondió que no sabía con certeza si era posible definir la forma de sus cuerpos, que jamás sabrá cómo lucen sus rostros, cómo son sus miradas. Me confesó que ellas le dijeron que también vendrían una noche a contarme historias, que me conformara con eso. Yo le respondí que no era necesario llenarme la habitación de miedos y pesadillas; yo mismo me las arreglaba con mis hallazgos tenebrosos. Me dijo que hace mucho tiempo ellas fueron hermosas y dieron su pureza a la ira, al caos y a toda clase de destrucción.

    Le pregunté si alguna vez ellas fueron felices, si alguna vez amaron a alguien. Me miró incrédulo, casi sonriendo, y me respondió que no sabía si ellas tenían algún tipo de comienzo en sus historias. Ellas no podían albergar el día en sus vidas, sólo la noche y el frío era la piel enferma de sus esencias. Una vez las vio llevando tinajas a un río y ayudaron a bañarse a un hombre en las orillas. Desnudaban sus pechos extasiadas ante aquel hombre extraño y reían a carcajadas. El hombre daba saltos en el agua y se convertía en caballo, luego volvía a su forma humana. Cuando terminaron de bañarlo lo secaron con sus harapos, lo escondieron en las tinajas y se fueron en procesión hasta que las perdí de vista.

    Finalizó el relato revelándome su secreto: Ellas componen mantras infinitos, escriben plegarias moribundas sobre esferas transparentes, y dibujan en sus espaldas paraísos anhelados con sus lágrimas.



miércoles, 20 de mayo de 2020

La máscara y la noche (Relato)





    Una noche trataba yo de imaginar la máscara en ese último sueño, quizá descifrar qué significado tenía y por qué estaba junto a una luna. En ese preciso momento, vino él a acompañarme, como era ya su costumbre, a la misma hora. Afuera empezaba a llover y las pequeñas luces de las otras casas se difuminaban como si uno comenzara a soñar de nuevo. Me miró en silencio por un breve rato, y se sentó cerca de mí. Le mostré el dibujo que acababa de hacer, y le expliqué que aun intentaba descifrarlo. Le comenté también que faltaban algunos detalles del sueño, como el encuentro con aquel lobo enojado y moribundo. Tomó el dibujo y lo miró detenidamente; luego me dijo:

La máscara y la noche. ¿Acaso la máscara contempla a la noche, o es la misma noche quien la contiene a ella? Puede uno quedarse mirando por una ventana tratando de resolver tales cuestiones; mientras tanto, muy dentro se sigue dibujando los otros sonidos que no se soñaron.

    Lo miré, y entonces comencé a contarle el resto del sueño: 

El lobo nunca me hizo daño, de hecho en ningún momento tuve miedo de él. Me acompañó por un largo camino desierto y me confesaba que debía ir a arrancar unas flores extrañas en tierras lejanas. Por ratos interrumpía su narración y se apartaba de mí; aullaba y relinchaba desquiciado del dolor. Lleno de furia parecía que trataba de quitarse algo de encima. Luego regresaba al camino, exhausto, mirándome con mucha más ira. Seguimos caminando y hablando tranquilamente. Me dijo que mi piel no era para sus garras, y que a pesar de que yo lo detallara con esmero, jamás lograría dibujarlo. En ese instante se detuvo y señaló a un lado del camino. Me dijo que ese paisaje sí se me permitiría dibujar, mucho después de despertar. Una enorme máscara estaba en lo alto de una lanza gruesa junto a una pequeña luna oscura. Nada se escuchaba en aquel lugar. Cuando miré de nuevo a mi lado el lobo ya había desaparecido y yo desperté... Es la tercera vez que tengo el mismo extraño sueño, pero hoy me dispuse al fin a dibujar aquel paisaje.

    Él por su parte no me decía nada y sólo miraba el dibujo. A los pocos segundos me lo devolvió y me dijo que la imagen le inquietaba y que ya debía marcharse. Cuando estaba muy cerca de la puerta me miró y me pidió que no me preocupara por el lobo, que pronto tendría oportunidad de sobra para dibujarlo. Lo miré desconcertado buscando alguna explicación, pero él nada decía. Justo al cerrar la puerta me miró de nuevo y me aconsejó que antes de acostarme siempre mirase debajo de la cama.

miércoles, 13 de mayo de 2020

De ese día cuando me encontré con el terrible Ingmar Bergman

Siempre he deseado hablar sobre las películas de Ingmar Bergman y cómo llegué hasta ellas. Quisiera compartir con esta reseña las razones que me han motivado a seguir indagando en sus historias; más allá de lo que siempre se ha dicho, como por ejemplo, que son películas herméticas y profundamente existenciales. Debo decir con total franqueza a mis apreciados lectores, que tales argumentos no son del todo sensatos. Hay algo en sus películas que nos atrapa con facilidad. Desde la estética de sus propuestas, hasta la minuciosa forma en que están configuradas sus tramas.

Recuerdo la primera vez que me encontré con uno de sus trabajos. Estaba en una feria del libro que organizaba la universidad en donde estudiaba. Eran de esas colosales ferias en la que se podía encontrar tesoros de la literatura, arte, música, y muchas cosas más. Confieso que en ese punto de mi vida nadie me había hablado de Bergman o de su extenso trabajo filmográfico. Mucho menos me había iniciado en el cine de autor o en el cine clásico de otros países. Hacía mi recorrido por los pasillos de dicha feria y me dispuse a revisar en uno de esos estands repletos de películas y música. Miraba en la sección de cine de autor y me llamó la atención el título y la fotografía de la portada de una en especial: Gritos y susurros. Por un momento me imaginé de que aquello se trataba de una película de terror, pero al leer en su reseña, pude darme cuenta de que no era así. Su argumento me atrapó de inmediato, así que la compré en seguida y esa misma tarde la vi en mi casa.

Gritos y susurros (1972)
Quedé hipnotizado por muchos detalles. El estilo narrativo de la película era algo totalmente nuevo para mí. Al inicio me sorprendió el tratamiento del silencio y la forma en cómo se iba desarrollando la historia. Me impactó la primera escena con una de las actrices en la que no hablaba por casi diez minutos. Ella estaba en su cama y parecía estar enferma. Pude detallar la situación en la que se encontraba, sus gestos, el decorado del lugar, y sobre todo, cómo el personaje me iba contando tantas cosas sin necesidad de una sola palabra. Estaba maravillado y a la vez desconcertado. Luego aparecieron las otras actrices y me fui involucrando con toda la trama. Las actuaciones de aquellas imponentes mujeres eran impresionantes, y quedé hechizado por todas; en especial por una de ellas: Ingrid Thulin. Debo decir que al terminar de ver la película quedé devastado por el desenlace trágico, los giros imprevistos, la crueldad del personaje que interpretaba Ingrid Thulin, y la transformación en el personaje de Liv Ullmann. Aquello me había conmovido y estremecido en lo más profundo de mi ser de una forma que no comprendía.

El séptimo sello (1956)

Estaba ya bajo en el hechizo de Bergman. Ese mismo día me propuse a seguir indagando en su obra y a continuar buscando sus películas. De esta manera, llegaron a mis manos títulos como Persona, Fresas salvajes, El séptimo sello y El manantial de la doncella. Persona fue un viaje turbulento a lo más profundo del ser y sus laberintos. Cuenta la historia de una actriz que se queda muda justo cuando está actuando en plena obra teatral. Por su parte Fresas salvajes me conmovió por su relato onírico en la que se reflexiona sobre la infancia y la muerte. En El séptimo sello me fascinó ver cómo su personaje principal jugaba partidos de ajedrez con la muerte, para que ésta no se lo llevara. Toda la trama se desarrolla en medio de los azotes de la peste negra. El manantial de la doncella narra la historia de una niña que lleva velas a una iglesia y es asesinada. La última escena revela de manera simbólica el significado del nombre de la cinta.


El rostro (1958)

Al pasar el tiempo, pude encontrar títulos como El silencio, El rostro, Fanny y Alexander, Saraband, Los comulgantes y La hora del lobo. El silencio fue una película enigmática y densa, en donde propiamente el "silencio" va encadenando a sus personajes en una lenta agonía. El rostro (una de mis favoritas), conjuga magistralmente el terror y la comedia. Cuenta la historia de un grupo de artistas dedicados al ilusionismo que son blanco de burlas y señalados como charlatanes. En su aclamada Fanny y Alexander, Bergman condensa sus obsesiones desarrolladas en sus anteriores trabajos, a través de una historia con tintes autobiográficos. Saraband ahonda en las heridas y nostalgias de un viejo matrimonio. En Los comulgantes, la culpa y la ausencia de Dios son las encrucijadas de sus personajes . Y en La hora hora del lobo, una pareja es acosada por una familia de vampiros. Su trama desarrolla la premisa de que en dicha "hora" es cuando la mayoría de la gente muere; de esta manera, quien duerme tiene pesadillas y quien está despierto es atormentado por terribles temores.

Esas Mujeres (1964)
Otros títulos se fueron sumando a mi lista; por nombrar algunos: Sonata de otoño, Esas mujeres, El huevo de la serpiente, El ojo del diablo. En Sonata de otoño madre e hija van abriendo sus heridas en una larga conversación durante toda una noche. Esas mujeres es una comedia negra en donde un periodista es encargado de escribir la biografía de un artista; pero al hacerlo, éste se ve sumergido en las historias de las siete esposas del misterioso artista que aun viven con él. El ojo del Diablo desarrolla la premisa de que la castidad de una joven es un orzuelo en el ojo del Diablo. El huevo de la serpiente nos cuenta cómo un artista judío encuentra el cadáver de su hermano. Éste lucha contra su depresión en la Alemania de los años 20.


Por los momentos debo decir que ya son 28 maravillosos trabajos de Bergman que he tenido la gran suerte de disfrutar, y estoy seguro de que iré aumentando dicha lista hasta completar su filmografía en la que se contempla 61 películas. Cada trabajo suyo es digno de extensas reseñas y enriquecedoras conversaciones.  Los infinitos temas que trabajó en sus tramas, los géneros en los que indagó, hacen del basto universo Bergmaniano un espacio para seguir estudiando. No queda más de mi parte que invitarlos a que se atrevan a cruzar el portal de su mundo y que disfruten su extraordinaria manera de contarnos historias.