martes, 16 de junio de 2020

El árbol de Hada (Relato)






    Había un árbol en donde yo colgaba todos los dolores de Hada. Lo había inventado en un paisaje enrarecido, un paisaje para mirar una sola vez. No tenía otra opción que crear la imagen borrosa de lo que fue, el punto clave de una historia con sus últimas melodías. En aquel árbol repetía en sus ramas las noches de sus fiebres, los días de sus más hondos temblores. Algunos días miraba a Hada mientras mi mente palpaba en la oscuridad el filo de un cuchillo, escuchaba violines a los lejos, se escribía en una piel maltratada frases que no lograba comprender. Enterré muy profundo en la raíz de aquel árbol todos sus miedos, también mi propio miedo. Fui inventando en cada hoja las mañanas en donde encontraba su pureza, entregaba pequeñas flores a sus ramas, y en las noches le contaba a Hada todo acerca de su cielo y las aves que regresaban para buscar refugio. Lo se, ambos habíamos encontrado también el refugio en aquel árbol imaginado, y no solo era el secreto que surgía de lo caótico. Diría con certeza que era el paisaje para encontrar las nuevas melodías, recorrer el sendero de una profunda revelación. En medio de tanto colapso, de tantos cuidados y medicamentos me aferré a su tallo, rogando no volverme loco. Sus dolores tomaban otras dimensiones y lograba ver sus formas y sus colores. Una vez miré con detenimiento en todo aquello y en sus límites (si acaso ellos existían), descubrí a unos seres sin rostros que llevaban muchos instrumentos musicales. Me atreví a preguntarles qué hacían y a dónde iban con tales instrumentos. Todos se detuvieron al mismo tiempo y me miraron. Uno señaló al norte, otro al sur. Un tercero se atrevió a hablarme. Se acercó a mi y me contó que iban a hacer el gran concierto del último paisaje. Me aconsejó que me fuese preparando para todo lo que venía. Debo decir que temblé de miedo, porque sabía de qué estaba hablando. Sabía el nuevo giro en toda la historia de Hada y sabía que era inevitable. Los dos que señalaban al norte y al sur me dijeron a una sola voz que las melodías serían estridentes y violentas, al punto de rasgar la carne, de hacer trizas los sueños; al punto de evocar mares de lágrimas, de hacer insoportable los latidos de cualquier corazón fuerte. Esa mañana me levanté convencido del final para muchas historias, aunque no me atreviera a escribirlas. Le pedí al árbol las fuerzas para seguir sosteniendo su queja, su infinita esperanza, su aniquilación. Esa tarde preparé todo y me quedé en silencio con Hada, acariciándola con ternura, estando cada vez más consciente del calor de su cuerpo. Comenzaba a escuchar la música a lo lejos, y cuando al fin pude mirar, estaban todos allí en un círculo, tal y como me lo habían dicho; estaban ya creando las melodías de una despedida. Sí, Hada está muerta ya. Cuatro inyecciones fueron durmiendo sus días y sus noches, hasta que la última inyección letal traspasó su corazón de polo a polo, de norte a sur. La vi hecha sueño, con su música muda que hervía en mi pecho; una música tierna que se iba... que se iba.





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