Había un árbol en donde yo colgaba todos los dolores de Hada. Lo había inventado en un paisaje enrarecido, un paisaje para mirar una sola vez. No tenía otra opción que crear la imagen borrosa de lo que fue, el punto clave de una historia con sus últimas melodías. En aquel árbol repetía en sus ramas las noches de sus fiebres, los días de sus más hondos temblores. Algunos días miraba a Hada mientras mi mente palpaba en la oscuridad el filo de un cuchillo, escuchaba violines a los lejos, se escribía en una piel maltratada frases que no lograba comprender. Enterré muy profundo en la raíz de aquel árbol todos sus miedos, también mi propio miedo. Fui inventando en cada hoja las mañanas en donde encontraba su pureza, entregaba pequeñas flores a sus ramas, y en las noches le contaba a Hada todo acerca de su cielo y las aves que regresaban para buscar refugio. Lo se, ambos habíamos encontrado también el refugio en aquel árbol imaginado, y no solo era el secreto que surgía de lo caótico. Diría con certeza que era el paisaje para encontrar las nuevas melodías, recorrer el sendero de una profunda revelación. En medio de tanto colapso, de tantos cuidados y medicamentos me aferré a su tallo, rogando no volverme loco. Sus dolores tomaban otras dimensiones y lograba ver sus formas y sus colores. Una vez miré con detenimiento en todo aquello y en sus límites (si acaso ellos existían), descubrí a unos seres sin rostros que llevaban muchos instrumentos musicales. Me atreví a preguntarles qué hacían y a dónde iban con tales instrumentos. Todos se detuvieron al mismo tiempo y me miraron. Uno señaló al norte, otro al sur. Un tercero se atrevió a hablarme. Se acercó a mi y me contó que iban a hacer el gran concierto del último paisaje. Me aconsejó que me fuese preparando para todo lo que venía. Debo decir que temblé de miedo, porque sabía de qué estaba hablando. Sabía el nuevo giro en toda la historia de Hada y sabía que era inevitable. Los dos que señalaban al norte y al sur me dijeron a una sola voz que las melodías serían estridentes y violentas, al punto de rasgar la carne, de hacer trizas los sueños; al punto de evocar mares de lágrimas, de hacer insoportable los latidos de cualquier corazón fuerte. Esa mañana me levanté convencido del final para muchas historias, aunque no me atreviera a escribirlas. Le pedí al árbol las fuerzas para seguir sosteniendo su queja, su infinita esperanza, su aniquilación. Esa tarde preparé todo y me quedé en silencio con Hada, acariciándola con ternura, estando cada vez más consciente del calor de su cuerpo. Comenzaba a escuchar la música a lo lejos, y cuando al fin pude mirar, estaban todos allí en un círculo, tal y como me lo habían dicho; estaban ya creando las melodías de una despedida. Sí, Hada está muerta ya. Cuatro inyecciones fueron durmiendo sus días y sus noches, hasta que la última inyección letal traspasó su corazón de polo a polo, de norte a sur. La vi hecha sueño, con su música muda que hervía en mi pecho; una música tierna que se iba... que se iba.
martes, 16 de junio de 2020
miércoles, 3 de junio de 2020
La música es un santuario
Cuando yo tenía seis años de edad llevaba a cabo en casa una especie de ritual. Cada vez que alguien tomaba fotografías, le pedía que me hiciesen una con el tocadiscos detrás de mí. Colocaba sobre él todas las carátulas de mis discos LP preferidos (que para la época eran muy pocos), de tal manera que pudiesen salir también. Hoy miro algunas de esas fotografías y recuerdo aquello con nostalgia. El viejo tocadiscos de la sala siempre me acompañó con sus dos enormes cornetas y pasaba horas escuchándolo. Confieso que muchas veces lo prefería mas que a la televisión. Colocaba el disco en el plato, encendía el equipo y me disponía a accionar una pequeña palanca; entonces el disco comenzaba a girar, luego el brazo del tocadiscos despertaba, se levantaba lentamente y se posicionaba en el borde. Cuando la aguja tocaba la superficie en movimiento, hacía un breve ruido y a los pocos segundos la magia surgía. Miraba a la pequeña aguja haciendo su recorrido, leyendo las finas líneas. Cuando llegaba al centro se detenía y el brazo regresaba a su lugar. Yo tomaba el disco, le daba vuelta y la magia volvía a comenzar.
Las melodías surgían desde aquel recorrido circular. Yo estudiaba con sorpresa su mecanismo, me fascinaba el hecho de que una aguja era la encargada de emitir los sonidos. Miraba aquel espectáculo e imaginaba a la aguja solitaria que andaba por calles interminables. Sin embargo surgían algunas pequeñas catástrofes en mi ritual; cuando el disco estaba rayado la canción se quedaba pegada, entonces debía uno adelantar un poco la aguja para que así pudiese continuar. Desde ese momento aprendí a tratar con sumo cuidado la superficie de los discos, y a limpiarlos con delicadeza para luego guardarlos en un lugar seguro.
Debo decir que por aquellos años mi gusto musical no estaba aun definido y comenzaba a forjarse con todo lo que se me aparecía. Mis dos primeros discos fueron el del payaso Popy y el de una agrupación llamada Caifanes (con su famoso tema La negra Tomasa). Después me apropié de otros discos de la casa como el de la cantante mexicana Daniela Romo que pertenecía a mi mamá, dos de música instrumental de Richard Clayderman, otro de una agrupación de aquellos años llamada Los Bukis, y recuerdo uno en especial de música de vaqueros.
Una mañana escuché una melodía en la radio que me hechizó por completo. A los muchos años después supe que se trataba del tema Joyride de la banda sueca Roxette. Esta agrupación fue la primera en colocarse en mi corta lista de bandas favoritas. Luego se sumó el disco de Laura Branigan que me regaló mi papá en caracas y el cual pertenecía a su extensa colección de discos. Este disco siempre me llevará a una noche particular, en donde junto a mi mamá, una tía y un primo bailamos la canción Self Control por todo el apartamento de mi abuela. Mi tía Ina simulaba ser una cantante y usaba como micrófono un cepillo de peinarse. Ella lideraba un concierto mientras nosotros la seguíamos frenéticos por todas partes.
Me fui creando un santuario con toda la música que escuchaba y cada melodía era una oportunidad para llegar a espacios de infinita belleza. Mi papá influyó en todo el estilo musical que hoy en día me define y debo a él toda la pasión y el interés por indagar en los diferentes géneros musicales. Durante los años de mi niñez y adolescencia cuando viajaba a caracas disfrutaba de su colección de discos LP, en donde escuché por primera vez a Queen, Cyndi Lauper, Madonna, Michael Jackson, Sinéad O´Connor, y muchos otros artistas.
Al pasar los años el viejo tocadiscos comenzó a fallar y dejó de funcionar. Al poco tiempo mi mamá compró un pequeño equipo para casetes y mis discos LP pasaron a otro plano; si embargo a muchos de ellos los logré encontrar en este nuevo formato. Con los casetes tuve la maravillosa posibilidad de grabar las canciones que daban las emisoras y de esta manera mi colección de música comenzó a expandirse mucho más rápido. Comencé a escuchar La Mega Estación y sus buenos programas, sobre todo uno que hacía el conteo de un top de la 100 mejores canciones del año. Recuerdo también que en las noches no me perdía otro programa llamado Nuestro insólito Universo con la entrañable voz del locutor Venezolano Porfirio Torres, quien narraba historias y datos curiosos de todo tipo.
Pude grabar en los casetes muchos de estos programas y canciones, y luego los almacenaba en un cajón de madera muy cerca del equipo de radio. Aun conservo una pequeña libreta verde en donde anotaba los nombres de las canciones y programas; todos agrupados de acuerdo al nombre de cada casete. Música de artistas como No doubt, The cranberries, TLC, Aerosmith, Moby, All saints, Travis, Garbage, Lauryn Hill, Enigma, Savage garden, Alanis Morissette, U2, Red hot chili peppers, The verve, R.E.M., Sheryl Crow, Tori Amos, The offspring, Natalie Imbruglia y muchos más...
Los casetes de VHS vinieron luego a acompañarme, y con ellos grabé de los canales de TV muchos vídeos musicales. Uno de esos primeros encuentros fue con un vídeo de la cantante irlandesa Enya. En aquel año ella había dedicado una canción al río orinoco, por lo que se hizo eco en todos los canales de TV del país. Ese día vi por primera vez el vídeo de su tema Orinoco flow. Ella salía cantando en medio del agua, rodeada de vegetación y animales, y un gigantesco barco velero pasaba muy cerca. En casa era una costumbre ver el noticiero del mediodía y cuando éste finalizaba dedicaban un segmento para mostrar un vídeo musical. Al pasar el tiempo aparecieron los CD y su sonido mucho más depurado, y de esta manera ya la música digital y el internet nos dieron infinitas posibilidades y el total acceso a toda la música del mundo.
Pertenezco a esa generación que pudo disfrutar de las transiciones y formatos de la música. Me alegra tener tantas historias y anécdotas sobre cómo podía uno acceder a todo el material musical y la forma de escucharlo. El reproductor de música y la radio se convirtieron en un lugar especial para mí, en un santuario, en donde he podido viajar durante horas. Un espacio en donde puedo compartir con otras personas sonidos del mundo, visiones y sentimientos.
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