martes, 18 de agosto de 2020

Primer viaje






Hace mucho tiempo fui a tierras lejanas y mi regla fue dejar mi nombre atrás. Al comienzo sabía que abandonar la casa y las tierras que conocía desde muy pequeño no iba a ser tarea fácil. Fui reconociendo la vieja piel de mi existencia. Encontré en cada marca y en cada lunar lo que se me había contado en los tiempos de vidas pasadas. Mi nombre lo dispuse en las corrientes de un río y lo dejé ir sobre una hoja seca. Me levantaba muy temprano y guardaba los primeros aromas de la tierra, las flores que nacían en la madrugada, los secretos de cada piedra que encontraba. Entonces comencé a preparar y a reunir mis provisiones para mi primer viaje: corteza de antiguos árboles para las fiebres, algunas semillas y tallos para los mareos, ungüentos para llagas y moretones, y raíces secas para los temblores y miedos. Escribí en un papel las frases para el ayuno junto a las sentencias y oraciones para las horas de peligro. Tomé mi liviano equipaje, mi sombrero, me despedí de todos y me dispuse a partir. Cuando di esos primeros pasos, no miré lo que dejaba a mis espaldas. Estaba consciente de que no había problema en cómo me llamarían luego, pues cada cicatriz y herida abierta que llevara dirían mi nuevo nombre por sí solo. Tres noches de silencio, dos días de sed, un día para llorar: esos fueron mis dictámenes. Lo demás se me iría mostrando en las ramas más altas, en las formas de las montañas y en las constelaciones. Cuando llegué al lugar acordado me acosté sobre una enorme roca, dejé que las noches dibujaran designios sobre mi espalda y escribieran presagios en los recuerdos que hasta ese momento habían logrado sobrevivir. Esperé bajo la lluvia varios días. Estuve sentado en silencio cerca de los árboles. Tuve dos sueños y en cada uno vinieron a visitarme. En el primer sueño me vi en una cueva y vino a mí un pájaro negro, me mostró sus alas y a través de su mirada conversamos largo rato. Al irse me dejó una de sus plumas y unas semillas que no logré reconocer. En el segundo sueño apareció en la misma cueva un perro hambriento, se echó a mi lado y le di de mi comida. Noté desde un principio que sobre su pelaje iba apareciendo una extraña caligrafía que pude descifrar con facilidad. Luego se apartó y desapareció. Esa mañana al despertar pude escuchar de nuevo todo lo que me habían contado en los dos sueños, imaginé claramente las frases y los dibujos. Entonces elaboré los mapas infinitos para mi nuevo regreso.