jueves, 15 de octubre de 2020

Paisaje con triple herida (Relato)








Una noche conversábamos tranquilamente. La brisa fría entraba por la ventana y comenzaba a caer una llovizna. Nuestro tema de conversación era sobre el inicio de las ideas, la génesis de todo lo que lleva a un artista- en este caso un dibujante-, a crear una obra. Al comienzo me divertía al oponerme ante sus argumentos de forma deliberada; él por su parte se exasperaba, quedaba en silencio, luego caía en cuenta de mi juego y mostraba una sonrisa irónica. Entonces retomé el tono serio de nuestra charla. Le comenté que el proceso de creación podría iniciarse con el vacío, con la nada; todo un universo surge poco a poco y dicho paisaje se inicia disperso, fragmentado, a través de complejos códigos para no ser descubierto tan fácilmente. Él asentía y agregaba que la gran incógnita del asunto es la revelación de la idea y en qué punto toma verdadera forma. Infinitas posibilidades se disponen en un papel en blanco, el lápiz tembloroso cerca de la superficie y presto a deslizarse y crear líneas. La mente va descifrando dichos códigos ocultos en un espacio oscuro y lejano. Tuvimos un breve silencio, como asimilando dichos argumentos. Entonces comencé a comparar el espacio de las ideas con una habitación oscura con alguien dentro que la recorre, al principio temeroso tratando de reconocer el lugar. A tientas y con pequeños tropiezos va deduciendo la forma de un objeto aquí, luego asumiendo una pared por allá. Al poco rato aparece una vela con una luz muy débil que va revelándolo todo. El panorama se aclara y ve allí la idea cerca de una esquina, como un indefenso animal que tiembla. Se acerca con mucho cuidado, corriendo el riesgo de que abra unas alas inmensas y escape de la habitación. Pero nada de eso sucede. Llega lentamente hasta ella y la acaricia. La observa con ternura por largo rato hasta comprender su verdadera naturaleza. Finalmente la toma y se la lleva.

En ese momento un fuerte trueno interrumpió la historia y notamos que afuera la llovizna se convertía en lluvia y el frío en la habitación se intensificaba. Me levanté, corrí un poco las cortinas y seguimos conversando. Él suponía que una idea puede nacer de algo previamente concebido. Es decir que dichas ideas pueden ser pequeños embriones que se van gestando sin que lo sepamos. Dolor, alegría, rabia, soledad, tristeza... Quedamos en silencio por un breve rato escuchando cómo la lluvia caía con más fuerza. Entonces tomé uno de los dibujos que había trabajado esa tarde y se lo mostré. Por su parte lo miró con mucha tranquilidad por un buen rato. Me preguntó cómo se llamaba. Le dije que siempre me ha costado designarle un título a mis trabajos; (Acepto la culpa de dejarlos anónimos). Entonces me propuso el nombre de Paisaje con triple herida. Lo miré incrédulo; nada le dije.

Luego comenzó a darme lo que quizá era su interpretación: "Veo un paisaje con una triple herida. Hay un ojo casi en el centro de su propia noche, cuando los dolores y los miedos llevan a sus altares profanos las ofrendas de los labios. El ojo mira desde un lugar olvidado, se mira a sí mismo en su noche atormentada y luminosa. Veo hilos negros que desean coser las heridas cuando la mañana al fin llegue. Hilos que en otros tiempos han tejido el cuerpo de su propio dolor. Hay un árbol siniestro que parte la noche en tres cantos mudos. Te veo también a ti, oculto detrás de unos arbustos secos. Veo la mueca de tu propia pesadilla, la sonrisa en la punta del lápiz, el papel en una espalda maltratada y quemada... Un paraíso que besa a quien desde hace rato ya duerme". Sonreí y le agradecí por dicha apreciación, y por toda la conversación que habíamos tenido. Le aseguré que se me sumaban interrogantes y temas para seguir reflexionando. Entonces, de nuevo el silencio se hizo presente con mucho mas peso. Afuera había dejado de llover.