miércoles, 1 de julio de 2020

La vara del conjuro final (Relato)








    Las cucarachas habían sido un maleficio en casa. De eso estaba segura la tía Carmen, quien muy ingenuamente mostraba su habilidad en detectar los malos augurios, y a pesar de ser la menor, era de naturaleza siniestra. La tía Eulalia; la del medio, era quien manejaba las esencias y polvos, y a cada uno conocía sus propiedades para atraer y ahuyentar cosas. Temilda, la mayor y más sabia de las hermanas, propuso una vara gruesa a la que llamó La vara del conjuro final. Éste era el instrumento que le permitía matar a las cucarachas: una vara de madera maciza para aplastarlas con tal precisión y así asegurar el debilitamiento de tal brujería, magia negra, conjuro, o como se le quiera llamar.

    Anoche salí al patio trasero a cepillarme los dientes, como de costumbre a la misma hora. Tomé la tapara, la llené de agua y cerquita del árbol de mango me agaché con mi cepillo lleno de crema dental. Al botar el primer buche de agua vi a una cucaracha patas arriba y sin cabeza que movía sus patitas velozmente. Por un momento sentí dolor por ella, pero luego me dio mucha risa al verla cómo se movía de manera tan graciosa. Recuerdo que esa tarde mi tía Temilda la acorraló al final del pasillo. Con la mirada fija sobre ella levantó la vara y la dejó caer. Pude observar cómo la mitad de su cuerpo salió disparada dejando salir una sustancia amarillenta y viscosa. Mi tía Eulalia tomó la escoba y con una sonrisa de triunfo la batió al patio. La pobre cucaracha tenía todas esas horas lanzando pataditas al aire, quizá adolorida e implorando ayuda. Sentí mucha pena por ella y por las que estaban amenazadas por la mortal vara.

Con nosotras nadie podrá... Ese trabajo de que lo tumbamos, lo tumbamos. —Comentaba ayer la tía Temilda en la sala. Todos la rodeábamos y escuchábamos sus historias y advertencias. Mi tía Temilda era la única que poseía el control absoluto de la vara; la encargada de dar muerte certera a la plaga. Recuerdo cómo una noche en un movimiento muy disimulado apuntó al suelo y luego escuché cómo se trituraba aquel pequeño cuerpo. Observaba casi riéndome el rostro de mi tía Temilda que hacía una mueca mientras afincaba cada vez más la vara, hasta que ésta perdía el equilibrio y se resbalaba dejando un camino amarillo con trozos de alas y patas. Un día miré atónito cómo apuntaba a otra cucaracha que subía con desgano por una pared. La vara llegó justo a su cuerpo y seguido a esto cayeron cristales negros al suelo. Ella sonrió y exclamó a sus hermanas: ¡Se está debilitando...! ¡el conjuro se está debilitando!

    Mi tía Eulalia era la que más ajetreaba en la cocina, y no sólo con la comida; también con largas preparaciones de pócimas y brebajes. Alguno que otro encargo le tomaba toda una noche de trabajo. Ella mantenía regado por toda la casa polvos rojos y azules, cintas de colores amarrados en los ganchos de las matas, cada uno con cierto número de nudos. Entierros en cada rincón de los jardines. Santos escondidos como guardianes bajo las piedras y botes de basura. Era muy cuidadosa con todo y nos aconsejaba siempre que no recibiésemos café en otras partes, porque hay personas que lo ensucian y a veces pueden leer nuestra vida en el fondo de la taza vacía. Ella confiaba plenamente en muchos de sus secretos. 

    Mi tía Carmen; la menor como ya lo dije, era muy callada, pero yo muchas veces la encontré hablando con los sapos y tutecas. Regañaba a las cucarachas y les decía con autoridad que estaban molestando y que debían irse de la casa. No dormía casi. Se la pasaba descalza de noche por los patios traseros tarareando canciones de cuna, contándole chistes a los bachacos. A veces miraba fijo a la luna o simplemente se quedaba paralizada mirando hacia algún rincón oscuro, como si esperase a que alguien saliera de allí. Eso me daba mucho miedo, entonces me iba corriendo de nuevo a mi cama. 

    Mi tía Temilda creía en la palabra final, lo dicho como un cumplido. Podía tomar la mano de cualquiera de nosotros y frunciendo las cejas iba leyendo cada arruga. Miraba a los ojos con un gesto maternal e indagaba en la pupila; entonces comenzaba a sonreír porque había descubierto algo muy oculto. Andaba por la casa firme y segura al tanto de todo lo que ocurría. Muchas veces la observaba cuando iba a buscar la vara en el mismo rincón en donde la dejaba. Se podía escuchar por toda la casa el primer golpe que daba en el patio, luego otro, y otro... Cuando ya nada se escuchaba me acercaba muy callado al patio y descubría los cuerpos descuartizados, otros que agonizaban mientras daban pataditas graciosas al aire. Mi tía Temilda en medio de esa multitud de muertes se mostraba imponente con la vara. 

    Durante esos días la vara cayó muchas veces sobre alguna cucaracha desprevenida. No daba tres pasos por algún pasillo o por algún patio sin ver despavorido a una cucaracha patas arriba o a varias despedazadas en algún rincón. A veces me las encontraba como estampillas en la pared. Cada vez que mi tía corría detrás de una, podía escuchar los pasos apurados de sus cuerpos, quizá con jadeo en busca de algún refugio. La vara muchas veces daba el primer golpe en la cabeza y la otra mitad del cuerpo comenzaba a dar brincos como un caballo desquiciado. Era la guerra declarada contra ellas y yo nada podía hacer. 

    Al terminar de cepillar mis dientes, con mucha lástima comencé a decirle cuánto lo sentía. La semi-cucaracha no me respondía, era de esperarlo. Miré a todos lados por si había alguien en el patio o detrás de mi. Temía a que alguna de mis tías descubriese que me estaba compadeciendo por las cucarachas. Tal sacrilegio merecía un buen castigo y no quería imaginarme cuál me hubiera tocado. La seguí mirando con tristeza y le dije que no se preocupara, que buscaría la manera de esconderle la vara a mi tía para que así les diese tiempo a las demás de escapar. De repente la cucaracha dejó de patalear y escuché unos pasos por las matas de limón. Estaba totalmente oscuro. Por un momento recordé a mi tía Carmen y en lo que hacía: esperar a que alguien apareciera de las sombras; aquello era escalofriante. Miré fijamente hacia los limones y tenía la certeza de que alguien estaba allí, pero nadie apareció. Todo era silencio y frío en el patio. 

    En ese momento vi a tres cucarachas que merodeaban muy cerca y sin preocupación alguna. Les dije que hicieran lo posible por buscar refugio mientras escondía la vara, y que avisaran a las demás del peligro, pero ninguna me hacía caso. Miré de nuevo hacia los limones con mucho más temor, porque estaba seguro de que alguien estaba allí observándome desde hace rato. No se por qué, pero imaginé que aparecían los ojos verdes de mi tía Carmen. La podía ver allí como siempre, descalza y con su cabellera larga y suelta, también paralizada, inexpresiva solo mirándome. 

    Entré de inmediato a la casa y corrí por los pasillos. La cocina era el lugar de la mortífera vara. Mientras andaba iba pensando en cómo esconderla. Pensé en amarrarla en la copa de algún árbol, ya que ninguna de mis tías tenía habilidades para treparlo; a menos que pudiesen volar como lo describen los cuentos de brujas. Otra opción era enterrarla en el fondo del patio, aunque mi tía Eulalia con su experiencia en los entierros pudiera detectarla al mirar la sopa en pleno hervor, porque es allí el lugar en donde descubre cosas ocultas, secretos y profecías. Muchas veces observé cómo le hablaba a la olla con sus ojos petrificados, al mismo tiempo que batía lentamente con una cuchara de palo.

    Al llegar a la cocina me quedé con la boca abierta al descubrir que la vara no estaba en su lugar. Me pregunté en qué momento mi tía Temilda la había tomado. Presentía que ya había escuchado desde su cama mi voz que le hablaba a las cucarachas. Comencé a temblar de miedo, entonces regresé al patio para contarles todo antes de que fuese tarde. Mis ojos helados y resignados vieron a las mismas tres cucarachas que andaban hace unos minutos destrozadas por todas partes. Me acerqué a uno de los cuerpos que tenía solo tres patitas aun en movimiento. Llorando me hinqué y le dije de nuevo que lo sentía, que lamentaba mucho todo aquello. Les expliqué que mis tías eran mas listas que yo y que ya nada podía hacer. De repente escuché detrás de mi la voz de mi tía Temilda que en medio de risas repetía: Ya nada podrás hacer... ya nada podrás hacer. Al darme la vuelta la miré a los ojos y vi cómo levantaba la vara sobre mi y la dejaba caer. Unas risas salieron de las matas de limón; era mi tía Carmen que siempre había estado mirándolo todo.


1 comentario:

  1. Pobre del muchachito,se fue al cielo de las cucarachas. Saludos gran Ewuard.

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